domingo, 6 de enero de 2019

Perdóname, no era mi intención

Perdóname si al verte me sentí nervioso
y empecé a soñar
en cómo serían nuestros hijos.

Perdóname si siento mariposas,
si quiero que te gusten los gatos,
y si en mi sonrisa te das cuenta
de que me olvidas del pasado.

No era mi intención que al solo verte,
me pusieras a sentirte
como si desde siempre te hubiese soñado.

Ay perdona la molestia,
no quise que fuese tan obvio
que antes de conocerte
practiqué mis estrategias tantas veces
para que al fin al reconocerte
podría enamorarte
y darte todo lo que quieres.

Perdóname si siento demasiado,
si te asusta lo que siento
si parezco apresurado
perdona si te escribo lo que siento
perdona si no eres tú esto que sueño
pero es que se siente tan bonito
y tú eres tan bonita
déjame creer
aunque sea sólo por un rato
que esto que me arde es verdadero
y que a tu lado encuentro
un lugar para mi fuego
yo sólo quiero un beso
y darte este poema
aunque amar no sea lo correcto
aunque ni siquiera sé
si ser mi musa es lo que sueñas.

jueves, 3 de enero de 2019

Oda a tus pequeños senos

Me encantan tus pequeños senos
que te hacen ver como niña
tierna, débil y vulnerable.

Me encanta tu frágilidad pura,
lamerte y sentirme perverso,
me encantan cuando te aprieto
y me siento enorme
al desvanecer dentro de mis manos
la sublime ola suave de tus senos.

Me encanta que nadie te vea,
que tu escote no invite a mirar,
que sólo a mi me pertenezcas.
Me encanta el culo que la da simetría a tu figura,
la delgadez eternas de tu cintura,
me encantan los jugos que nacen de tus labios,
y me excita los celos que sientes
ante cualquiera con enormes senos.

Me encanta la competencia con la que me cabalgas,
me encanta la inferioridad con la que te me entregas,
me encanta como por tener pequeños senos,
haces maravillas
para atraparme en ellos.

Me encanta cuando te aprieto el cuello,
y en tus ojos veo,
la superioridad que me hace eterno.

Oda a tus enormes senos

Se desprenden de tu ropa
y saltan sobre la cama
hasta que me empapan de ardor
todo lo que se puede llenar en mi cuerpo
a través del roce
de tus enormes senos y mis ojos.

Tu punta oscura,
como la noche,
eres la madre que necesito y deseo;
morderlos y lamerlos
es el lenguaje que mejor padezco.

Tus areolas enormes,
símbolos del misterio
que encierran las obras de arte
les paso mi lengua
las erizo
las estremezco
que delicía ser de nuevo niño
en la enorme fuerza violenta de tus senos.

Voy a llenar tus tetas de semen
voy a hacer pinceladas blancas con mi pene
tus senos son oscuros y enormes
y yo tengo
las estrellas que llenan tu universo.

Abre tus piernas, maldita.
Bendita sea la sed que sólo tú me quitas.
Introduzco mi gordura dura en tu virginal blandura
tu flor se llena de dolorosas cosquillas
tu abdomen de aleteos de mariposas
y yo te miro desde arriba
como el dios que soy
y contemplo tu dolor
tu placer, sumisión y entrega.

Y como eres virgen no protejo mi piel,
y como eres mía no lo saco cuando me corro,
y como soy tu dueño,
me duermo al culminar
sobre ese sitio seguro
al que sólo y solo me lleva
el olor de tus enormes senos.

Siempre será mejor

Siempre será mejor
ser el amor de su vida
que para siempre perdió.

Mejor que ser,
aquella oportunista opción,
que luego de darle la seguridad del dinero
de astío se aburrió.

Siempre será mejor,
aquel que la hizo sentir,
aquel que la hizo dar,
aquel que nunca la compró
el único, que genuinamente amó.

Siempre será mejor,
ser lo que perdió.
Aquel en quien siempre piensa,
cuando ve a su pareja
y se siente vacía
porque esos sueños que vive
no son realidad
si a su lado no estás tú.

Siempre será mejor,
ser aquel que sin que ella se diera cuenta
le robó el corazón,
sin esfuerzos ni promesas,
un mundo de sueños
en su corazón creó.
Siempre será mejor,
ser aquel
que ella añora
más que a la niñez
porque ni siquiera sus padres
le brindaron tal calidez.

Siempre será mejor,
ser aquel que ella
para siempre perdió
aquel que no la perdonó
aquel que al tratar de liberarse
del yugo delicioso
de la prisión del amor
para siempre -pobre niña-
su capacidad de amar destruyó
aquel que dejó por lógica
pero que nunca se arrancó del corazón.

Siempre, siempre será mejor...
ser ese hombre que no supera
el único que dejó imborrable huella
aquel al que ella sintió que pertenecía
siempre será mejor
ser al que ella de verdad amaba
cuando lo decía
sí, ella te amaba, de verdad lo hacía
porque después de ti
de los demás
sólo se protegía.

Siempre, siempre será mejor
ser aquello
que para siempre perdió.

The right thing to say

¿Pueden los lectores de mis textos darse cuenta de que cada uno es escrito con un diferente estilo, de que experimento, de que juego con las sutilezas de este arte entre cada línea? Lo dudo, amada mía, ni tú misma a veces puedes distinguir la realidad de la imaginación cuando escribo, y eso que tú eres la que menos lejos esta de todas las personas que se creen cerca de mí.

Te pensaba en el gimnasio, sabes, eras una niña muy pequeña y tierna, con trenzas en tu cabello. Todos podían notar lo enamorada que estabas, lo consentida que eras. Me encantaba verte hacer amigas, las muchachas de hermosos traseros y abdomenes imperceptibles querían entrenar contigo, como para resolver los misterios que tu figura desprendía en sus mentes.

¿Quién es esa niña? Es linda, tiene una figura perfecta. Ya entiendo por qué ese muchacho era tan arrogante, por qué nunca se le veía babeando por nadie como el resto. Y eso que no saben lo mucho que nos gusta leer y conversar de lo leído, lo mucho que me piensas en las flores y que te pienso cuando miro el cielo. Y eso que no conocen este autismo compartido que llamamos amor.

Y luego descubrir tu inocencia, lo consentida que eres, lo protegida que estás. Sí, cualquier hombre puede verte hermosa, pero ellos temerían ante tu pureza, no sabrían apreciarte porque no saben comprenderte. Yo soy diferente, mi niña, yo soy tu dueño y me siento orgulloso de ello.

Eres tan tierna cuando sientes celos, cómo odias que otras mujeres me deseen pero al mismo tiempo cuánto amas que yo sea todo lo que una mujer quiere. Cómo crees que llegué a ser quien soy sin experimentar y cagarla y descubrir todo lo que funciona y no funciona para conquistar un corazón como he conquistado el tuyo. Para mantenerte enamorada de mi misterio, para que siempre me admires como a ningún otro.

Escribir es eso, mi amor, siempre saber qué decir, siempre saber transformarse, tener el poder de la palabra, la sutileza imperceptible de crear mundos.

Ay, bebé, a mí no me tiembla la mano para apretar el gatillo. Y estoy por enamorarte de nuevo.

martes, 1 de enero de 2019

La vida que eligió vivir

"Hágame el favor y se me va al cuarto y se pone a leer y a escribir", le dijo él, con un tono disciplinario que imponía una autoridad que pondría verde de cólera a cualquier feminista que se metiera donde no la estaban llamando.

A ella por su parte le encantaba, era una mujer femenina, letrada, con un enorme talento para la prosa y la poesía, devoradora de libros y alérgica a la redacción de ensayos o a cualquier manifestación de la palabra que no fuese artística. Sentía e imaginaba, pero era incapaz de ideas o de explicaciones, como Cortázar.

Su único pecado era tal vez no ser hermosa, era atractiva, pero no llegaría al cine, ni al mis universo, ni siquiera a ser la amante de un hombre rico. Pero eso la hacía perfecta, sin la tentación de ser puta debido a la incesante demanda de los hombres, se entregaba a soledades melancólicas que le brindaban al mundo las piezas de literatura más exquicitas que alguna vez hayan dado los relieves venezolanos.

Hacían el amor todas las noches, y lo despertaba todas las mañanas con el desayuno listo, el café a su gusto (como le enseñó su suegra) y con una mamada de güevo digna de ganarse el primer lugar en la vida de un hombre tan importante para la historia.

Era de esos hombres que saben lo que quieren, que no les importa si es correcto, harán lo que sea y pagaran el precio que sea necesario para conseguirlo. Ella era como su hija, la mantenía, la enseñaba el oficio de ser la mujer perfecta para él. Él la había elegido por lo que era, pero la mantuvo en su vida por lo que sabía que podía llegar a ser.

Debía mantener la casa limpia, cocinar, atenderlo, y por sobre todo: escribir y leer. Le imponía que creciese, porque ambos eran animales de letras, seres callados con una naturaleza tímida e introvertida. Ella podía hacer lo que quería, mientras eso no significase faltarle el respeto, y apenas se diese la ocasión de que ella cruzara una raya que no debería, el con prontitud lo dejaba saber, con una autoridad que le humedecía en instantes la ropa interior.

"Vaya al cuarto y se pone estudiar, me hace el favor."

Y ella se iba, feliz, gloriosa, en el fondo no es que no quisiese escribir, ella vivía para eso, el asunto era que al saber que su hombre seguía siendo aquel guardían inquebrantable del cuál se enamoró y al cuál le entregó su cuerpo para ser de un solo hombre por el resto de su vida; al saber esto, ella se llenaba de dicha, se sentía segura, animada, fuerte. Creer en él era creer en sí misma. Siempre había escrito antes de conocerlo, pero al conocerlo, él le brindo algo que llenaría de poder para siempre la magia de sus letras, y ese algo era la certeza de que pertenecía a este mundo, de que tenía un hogar, el mejor hogar de todos: ser la mujer del mejor hombre que jamás haya existido. Y se iba contenta, y escribía, con la dicha de quien es feliz con la vida que eligió llevar.

La mirada del amor

Creía entrever algo en su mirada que le seducía pero no sabía explicarse qué: era la vejez, o más precisamente, la manifestación de que empezaba a perder su juventud: sus ojos ensoñados, sólo repotanciados por el maquillaje; su sonrisa gastada de madre joven y una coquetería intrínseca en las mujeres casadas e insatisfechas, más que con su marido, consigo misma, por haber vivido una vida fácil y cómoda que la había llevado a sentirse ahora tan atrapada. Víctima de sus circunstancias, sin duda alguna, por eso el resentimiento ante su marido. Imposible esperar algún tipo de responsabilidad que la hiciese tomar el destino en sus manos, su irresponsabilidad la había llevado hasta allí, y como toda víctima, esperaba que la misma irresponsabilidad la sacase: es culpa de todo, menos de mí y mis decisiones.

Él era más joven, y lo que hallaba en su mirada, en su rostro, en su gastada sonrisa, no era otra cosa que a su madre cuando él era niño. Pero no lo sabía, no podía saberlo, ¿cómo saber que lo que llamamos amor no es algo ajeno a nosotros y que nos posee por completo, si no más bien el recuerdo de una seguridad absoluta que nunca fue tan segura ni tan absoluta pero que no teníamos forma de saberlo? y que bueno, porque de lo contrario, tal vez hubiesemos muerto.

Era una presa fácil -supuso, instintivamente, sin verbalizar- bastaba con ver la competencia: muy distinta a la que se hallaría en la búsqueda de una mujer en sus primeros y más jugosos años. El aroma a fruta fresca atrae a todo tipo de insectos, o tal vez sea la fiesta de los colores, o la blandura de la textura. Pero una vez que la madurez se colma, muy pocas frutas pueden conservarse en el árbol, y menos aún son las criaturas que quieren comerla del piso, abierta, y con moscas celebrando el resultado de su paciencia.

Era la ventaja del mundo antes de las redes sociales, tu competencia era tu entorno: muchachas pobres indicaban pobres competidores. El barrió era el paraíso del hombre de clase media, allí era rico. Pero ahora la competencia son centenares de muchachos sedientos a través de una pantalla, que al regalar toda su atención a cambio de nada, hace que la mujer no luche ni se esfuerce por la atención del muchacho que le gusta: puede llegar a casa, abrir su teléfono y llenar esa bolsa rota que existe en el interior de toda mujer que se llama ego, y necesita ser llenada de halagos y cumplidos todo el tiempo porque es así cómo mide cuánto vale.

Allí iba, mirándola, ella pretendía estar desprevenida, víctima -siempre víctima- de su deseo, del momento, de lo espontánea que a veces puede ser la vida. Invitándolo con sus ojos, arrodillándose ante la grandeza en la que sus ilusiones lo colocaban a él como un posible escape de tanta mierda, y él, inexperto pero irracionalmente seguro de sí, no imaginaba cuánto futuro iba a costarle darse en pedacitos de presente. Cuántas noches sufriría, cuanta paz y vida perdería, al perder la lengua, la fe, la convicción y la palabra, por beber de los sueños de aquella copa rota que lo desangraba en cada sorbo que bebía.