viernes, 4 de septiembre de 2020

Un pequeño jardín tan verde como sus ojos

El olor a gas de esas bombonas
Que se encontraban junto a un pequeño jardín que ella cultivaba
Qué paz tan única la que me hacían sentir las plantas de mi abuela
Y su pequeño jardín tan verde como sus ojos.

Qué será de ese verde tan tranquilo
Ahora que el verde de sus ojos se ha cerrado para siempre.
Mi abuela duerme en la tranquilidad de la muerte
A pesar de que ella siempre se despertaba aterrada a mitad de la noche
Ante esos sueños que tenía
Con aquella paz
Aquella paz que se la quería llevar y se la llevó para siempre.

Recuerdo el sonido de campanas
Que me aterraba de sus bombonas de gas
Cuando hombres extraños venían a su jardín de paz
Y con una fuerza que yo no tenía
Las bombonas de metal ya sin olor ellos cambiaban.

¿Qué será de aquel, el jardín de mi abuela?
El que yo recorría en silencio como un gato,
Viendo caminar personas
Escondido detrás de la manzanilla o el cilantro
Aterrado de ser visto
Mientras del calor me refugiaba.

Aún escucho su gruesa voz y su estruendosa risa
Aunque a decir verdad
Sus ojos verdes en mi memoria
No hacen justicia a aquellos ojos verdes que me miraban.

Qué será de mi abuela,
Aquel inquieto y perturbado espíritu
Ahora condenado a la paz obligatoria
Y yo a la memoria que simula sentir que la siento viva.

Qué injusto es el recuerdo
Cuando es lo único que de lo amado se tiene
Sus rizos dorados ya no crecen sobre la tierra
Y su risa de gigante ya al silencio no lo espanta, no lo aterra.

Todo es tan callado
Cuando pienso en tu casa encantada
Sin el encanto de tu risa.

Tú me decías que yo iba a ser un escritor respetado como iba a ser mi abuelo si no se hubiese muerto.

Luego te ibas a un rincón con un tabaco que en vez de hacerte oler a él, tú lo terminabas haciendo oler a ti.

Y hablas con tus muertos,
Los mandabas a cuidarme
Te sabías de memoria oraciones que no podías explicarme
Y en las cartas que me leías mientras me veías con felicidad beber el café que te quedó tan mal
Me hablabas de una vida llena de éxitos y de mujeres enloquecidas por mí.

Voy a dejar que tus defectos se vayan
A la paz eterna contigo.

Yo sólo te escribí este poema
Porque antes de dormirme recordé aquel sonido
De las bombonas de gas cuando chocaban entre sí
Y que terminó sacudiendo
Todas las memorias de paz
Que yo te debo,
Esa felicidad que te debía.

miércoles, 29 de julio de 2020

Con tus irrepetibles ojos.

Yo también creo que una relación se puede morir de demasiado amor, y de eso se murió el nosotros. No fue de rutina, no fueron las otras mujeres, fuese amor que me tenías y que te mataba por dentro hasta que ya no pudiste más. Y es que yo te sigo queriendo, aunque nunca lo diré.

Yo a veces fantaseo contigo, aunque no lo admitiré. Y si yo tengo estas cosas en mí, qué será de ti, oh, qué será de ti, que fuiste esa furia de sentimientos que acabo contigo y con los dos y a la vez secretamente, acabó conmigo. 

Quién sabe, yo creo que hay amores que mueren de amar demasiado. Uno puede verlos claramente aunque ya sean parte del pasado. Pensarlos es regresar a ellos como si todavía, y es por eso, porque uno amó demasiado y dime tú, ¿cuántas cosas en este mundo uno siente que ama demasiado? La carrera que amas tiene el trabajo que odias. El vicio no se siente para el que lo tiene, pero tú y yo, niña mía, nos amamos demasiado y hace tanto tiempo. Quién puede decir que pasaron años si yo todavía siento esos ojitos tuyos por dentro como si hasta mis invisibles respiros estuviesen mirando.
Yo no sé, qué se puede saber en esta vida además de saber que te quise, que te quise demasiado. Qué tu nombre es como una maldición en el que se conjuran los mejores e irrepetibles momentos de mi vida.¿ Y con cuál nombre me recuerdas tú? ¿Con el secreto con el que me llamabas y capaz puede que Llames también así a tus nuevos amores o con ese nombre público con el que todos me aplauden y me insultan? Ah, querida, ya no somos niños. La juventud se nos fue arrancada por amarnos demasiado. Pero allá estás tú, viviendo una vida misteriosa para mí.

Y aquí estoy yo, reviviendo en una noche las cosas que sólo pueden revivir porque nunca mueren... Aquellos que amaron demasiado.

Qué fácil es olvidar que ya no somos, sentirte aquí conmigo, que me acompañes como una vez lo hiciste... Con tu única voz, con tus irrepetibles ojos.

lunes, 20 de julio de 2020

Anne Frank (V)

Tú reverdeces los sueños, una niña, eso es lo que eres. Yo te pregunté si te gustaban los libros sólo por preguntar, y qué me iba a imaginar yo ni en la más descabellada de mis fantasías que serías tan bella porque de poesía está hecha tu alma. Ese es tu peligro, eres peligrosa porque eres eternamente joven y rejuveneces el corazón que tocas. El mundo entero pintó día a día mi corazón de amargura, y tú eres una hoja en blanco. No una hoja perfecta, sino una hoja inocente. Si fueses la hoja de un árbol jamás creyera que alguna vez pasaste por el invierno. Yo no sé que tienes tú que te queda tan bien la primavera. Eres tan tierna y a la vez tan buena. Yo que me he entregado a los placeres más perversos no soy capaz de resistir al poder sin límites de tu inocencia. El mundo conoce tu amabilidad, pero yo descubrí la belleza de tu corazón. Cómo es posible que alguna vez pude ver tus ojos sin darme cuenta de que estaban llenos de libros y de sueños, cómo es posible que alguna vez haya podido ver tu rostro y es sólo hasta ahora que veo tu carita llena de pecas y la quiero llenar de besos. Duele quererte así, duele quererte tanto. Pero dueles como nunca me ha dolido nada. Dueles en esa parte del corazón que había dejado de usar hace años y es donde se sienten todas las cosas hermosas. Nadie debería ser tan bello, y sin embargo tú lo eres. Cómo es posible que tú me mojas y me llenas de vida y jamás he probado tus labios. Cómo es posible que tú me abrigas la soledad y jamás nos hemos dado un abrazo. Me haces tan feliz sólo con tu existencia, el mundo, mi mundo, es un lugar mejor porque tú estás aunque no estés conmigo. Las horas saben tan dulces, todos los dioses en los que jamás he creído y en los que dejé de creer parecen haberme perdonado. Ahora sólo le temo a la vida, que tiene ese mal hábito de darnos todo lo que luego nos quita.

Tienes ese amor en tus manos que es el amor a la vida. Escucho tus sueños y esa intimidad tan pura es como un susurro en la nuca que pone de gallina la piel de mi alma. Eres diferente al placer, tú no te acabas. Llegas así, tal y como eres, sin intentar nada. No pretenderé que no eres humana, que jamás podrías acabar con mi paciencia. Pero es que todo se siente tan diferente a ti, sentirte se siente tan diferente a todo. Yo no lo sabía pero soy un niño, un niño que quiere besarte, que quiere apretarte, morderte y maltratarte con cariño. Que quiere ser tierno contigo, que quiere estar a solas contigo y lejos del mundo sintiendo de cerca, muy de cerca el aroma de tu saliva. Pero no te tengo ni te he tenido y sin embargo cuán lleno de ti me siento. No me despiertes nunca, no me temas, yo sólo soy un hombre que te siente.

martes, 14 de julio de 2020

Ella y Federico (III)

Su esposo la había dejado por otra mujer. Ella estaba visitando a su familia en navidad mientras por dentro le ardía la decepción, la rabia y la vergüenza. Un amigo de la familia estaba muy borracho, y le dió una declaración de amor que ella rechazó con el corazón roto. A veces sentirse mal por alguien más es lo único que nos hace olvidarnos de lo mal que no sentimos con nosotros mismos.

Le tomó meses juntar el coraje, y si no fuera por la crisis mundial tal vez ella nunca se hubiera armado de valor para dejar su vida en ese pueblo de nadie y aventurarse contra todo pronóstico a empezar una vida nueva con sus dos hijos y un orgullo herido que era capaz de conquistar cualquier adversidad que se le presentara.

¿Qué se puede hacer cuando el sentimiento empieza a crecer por sí mismo, sin importar las circunstancias en las que se encuentran esas dos personas cuando se conocen?

Amar es creer que se ama. Eso es lo que la vida nos demuestra a diario, y sólo uno descubre la verdad del amor cuando lo desmiente.

Qué se iba a imaginar ella que al despertar esa mañana le esperaba el comienzo de una historia que podía sentir pero no explicar, que la hacía vibrar pero no podía expresar.

Al cruzar la puerta en su primer día de trabajo ninguno esperaba que dentro de ellos se abriera otra puerta, una puerta en el interior de ambos que se abrió desde el primer instante en el que ambos cruzaron miradas. Una puerta que las circunstancias no buscaban abrir y que nunca más serían capaz de cerrar.

No fue amor a primera vista pero desde que se miraron por primera vez ambos sintieron una comodidad extraña, ¿cómo ponerle nombre a algo que uno nunca ha sentido antes? Ella fue amable con él, sus ojos sonreían detrás de una negra máscara que le cubría la boca. Y él le respondía con una sonrisa coqueta y perfecta que disfrazaba la timidez que lo definía desde que había nacido.

Ella no parecía estar derretida por él, y si lo estaba, no lo demostraba. Ella era de esas mujeres que no demuestran lo que sienten de buenas a primeras, que todo lo que sienten es auténtico y que los golpes de la vida la han llevado a madurar y a enamorarse del pequeño mundo que le rodea sin importar que ese mundo no tengan significado para nadie más que ella misma y quiénes estén incluídos.

Sólo ella puede saber la primera impresión que él le dió. Sólo ella sabe si al llegar a conocerlo sería diferente a como se lo imaginó. Lo cierto es que era una mujer de hermosos sentimientos que se reservaba para sí. Una mujer vulnerable con una personalidad hermosa, que podía a veces ser ingenua y tal vez tonta, porque todos los seres con un bello corazón lo son. Pero ella había aprendido a dar sin entregarse. Porque su sentir no era perfecto, o de un sólo color, era auténtico, y todo lo que es autentico siempre duele. Por eso ella daba de a poco, para irse acostumbrando al dolor. Para sentirse segura, para que no jugarán con ella, para no perder su fe de nuevo.

La vida de ambos era todo lo opuesto a una historia de amor. Si algo tenían en común es que para ellos vivir era resolver un problema. Un esfuerzo por salir adelante cada uno de sus circunstancias. Pero cuando estaban juntos, sus circunstancias no existían. Él no tenía problemas cuando estaba con ella, lo disfrutaba, ella era una realidad diferente dentro de la suya, una realidad en donde el mundo de afuera no existía.

Él para ella era algo nuevo y diferente, algo que ella no terminaba de entender pero eso no se lo impedía disfrutar. Cuando ella hablaba con él, o cuando lo miraba, o cuando lo escuchaba, era como si se construyera un nuevo mundo. Un mundo en el que nunca había estado antes, y ese nuevo mundo le daba fuerzas y entusiasmo para sobrellevar sus nuevos retos. Despertarse por la mañana ya no era tan difícil cuando sabía que lo vería a él. Entenderse a sí misma no era tan difícil cuando quién la escuchaba era él. Y creer que su corazón podría de nuevo volver a sentir, no era una locura, si lo que sentía, era por él.

Es por eso que cuando ella le dijo que dejaría ese trabajo porque sus circunstancias la obligaban. Él se puso triste, y ella sintió que todo llegaba a su final y que lo mejor era simplemente aceptar el destino con alegría y sin resistirse.

Pero lo que no contaba era con que su presencia seguiría ardiendo en su ausencia. Porque de todos los elementos era la primera vez que ellos sentían que su fuego ardía en el fuego de alguien más. Y a medida que pasaban las horas ella lo recordaba, y a medida que ella lo recordaba sentía una necesidad de verlo. Pensaba en sus ojos tristes, nunca nadie se había puesto tan triste ni se veía tan hermoso como él se veía en su memoria. Se lo imaginaba con ella en otras circunstancias. Y se sentía tonta, y trataba de concentrarse en su trabajo, pero apenas su mente dejaba de estar ocupada, volvía a pensar en él. Y se sentía estúpida, hasta que se imaginaba que él también la podía estar pensando. Y dejaba de resistirse y se entregaba al culposo secreto de pensar en sus labios, en sus tristes ojos, y en esas ganas de abrazarlo en un mundo en dónde nadie pudiera verlos ni escucharlos.


miércoles, 24 de junio de 2020

Las dos noches (I)

Hacía casi un año desde aquel encuentro sexual que tenía en su mente. El encuentro sexual no había durado mucho, a duras penas cinco minutos. Pero él recordaba la experiencia de esa noche como dicen los detectives que los asesinos recuerdan sus crímenes. Se divirtieron, la pasaron bien, el encuentro sexual si bien duró poco fue lo necesario para recordar esa memoria con dicha y no con frustración. 

El tiempo que pasó, casi un año, como dijimos, servía para borrar de su mente la repulsión que sintió cuando llegaron a su casa y vio lo diferente que se veía desnuda.

Él se había encargado de entretenerla, de hacerla reír y había pretendido estar interesado en su vida con una profundidad falsa que se sentía mucho más real de lo que jamás se sintió para ella el interés genuino de sus amigos que no tenían la capacidad de comprender el profundo misterio del sufrimiento humano. Él comprendía el sufrimiento de ella, pero no le importaba. Aunque a veces comprenderlo importa más.

Ser hombre es ser un cazador. El sexo es tu presa, no la mujer. 

La mujer, el animal. Es una cosa. La mujer, la persona, la identidad, es otra. El sexo pertenece al animal, pero el recuerdo del sexo y como se siente uno al recordarlo, es la persona. La persona es siempre la memoria, el pasado. El sexo es el instinto, el ahora. 

Fabián había fijado sus ojos en su amiga primero, Fernanda la mexicana. Era más joven (aunque ambas mayores que él, con hijos, carreras y fracasos), menos gorda y con un resentimiento latente por su marido que la hacía sexy por tener el corazón frío y destruido.

Si le preguntaran a Fabián, o mejor si se lo preguntara el mismo, sin testigos, para poder sacar una respuesta más auténtica de su mente, él no recordaría nada de esa noche o si lo recordaba podría terminar mezclando memorias de muchas otras noches en el mismo bar, con las mismas ganas de escapar de su soledad y con el mismo deseo de acostarse con alguien pretendiendo que sólo quería salir a pasarla bien.

Era la última llamada y él estaba esperando a que le trajeran la cuenta. Mientras que de repente una mano se empezaba a pasar por sus pantalones y se acercaba a su pene, no logrando alcanzar nada, porque Fabián tenía un pequeño pene latinoamericano sin circuncidar que parecía no existir hasta que la sangre le llegaba y se convertía en un animal. Cuando Fabián volteó, lo hizo muy despacio, porque estaba borracho y también porque tenía miedo de lo que pudiera encontrar. Por favor, Dios, sólo no dejes que sea un maricón. Fue lo último que pasó por su mente antes de ver a una mujer mayor, muy mayor y muy poco atractiva para validar ese dicho de que no hay mujer fea luego de las dos de la mañana.

La viejita se disculpó sin sentirse mal o avergonzada, y Fabián volteó y junto a él vio la sonrisa coqueta y borracha como apunto de vomitar de la mexicana Fernanda, y fue en ese preciso instante en el que terminó la noche que jamás volvería a recordar y empezó aquella que jamás podría olvidar.

martes, 23 de junio de 2020

Federico y ellas (II)

Pero para hombres como Federico ser mujeriego no es algo que tenga remedio. Si ser mujeriego fuese un crímen, Federico sería un seductor serial. En hombres como él ser mujeriego es incurable a pesar de su juventud y no necesariamente debido a ella. La seducción para él no es algo que se le diera con facilidad o con naturaleza, él desarrolló su técnica, sus estrategias y su estilo, como parte de un descubrimiento de sí mismo, estaba intrínsecamente ligado a su personalidad. Él era seducción.

No nació con suerte, no tenía el dinero suficiente para que las mujeres lo acecharan ni tampoco el atractivo extraordinario para que ellas desearan ser acechadas por él. De niño conoció el amor que sólo experimentan los poetas, y descubrió muy temprano que el camino del deseo se encuentra lleno de frustración. El dolor estaba asociado con cada niña de la que se enamoraba, los amores no correspondidos le hacían idealizar la lejanía y sentirse seguro en el terreno de lo imposible. Pero él es hombre y un hombre no es completamente uno al menos que su sed sea infinita y lo haga ser más de lo que ya es.

Federico pensaba como un asesino en serie, tenía una mente criminal en donde cada crímen era conseguir seducir a la mujer que deseaba. Pero no era un talento innato sino perfeccionado. Durante sus años de adolecente el dolor y la soledad llenaron su vida. Experimentaba ataques de ansiedad, lloraba en las noches porque se sentía sólo y cada vez que su amor era correspondido terminaba inexorablemente en decepción. Fue por la ansiedad que empezó su interés en la poesía y fue por la decepción que empezó a interesarse en lo que él entendía como filosofía.

En este punto de la historia Federico se creía mejor que los demás. No sentía placer al respecto, era completamente un mecanismo de supervivencia, era su forma de sobrevivirse de sí mismo. Su sentimiento de superioridad no era diferente al que todo ser humano siente con respecto a todo lo que le rodea, ya sea que esté consciente o no de ello, pero en este caso Federico comprendía a fuerza de sufrimiento que si no creía en sí mismo estaba condenado a una vida que de tan sólo imaginarla le producía repulsión.

Fue por eso que él no pudo evitar dejar salir su maquinaria de encantos cuando la vio por fin al siguiente día. La atacaba con humor y la acaricaba con poesía casi simultáneamente. Su instinto de seductor asesino era infinitamente más fuerte que sus aspiraciones de poeta idealista. 

"No viniste ayer" le dijo, "Me quedé esperándote y me puse triste pensando que era porque habías regresado con tu marido" y lo dijo con un encanto, una confianza en sí mismo y un desapego que la invitaban a reírse, a golpearlo sin violencia, a mirarlo con una sonrisa desarmada.

Federico tenía no sólo la creatividad de un comediante y el carisma para hacer reír, sino que además de su ingenio era capaz de improvisar con una limpieza y una precisión para decir siempre lo correcto y lo menos esperado al mismo tiempo que era su característica más remarcable, la que lo hacía único en el mundo.

Ya era demasiado tarde para hacer poemas, este joven había nacido para ser un hombre de acción por encima de letras. En un instante de descuido de parte de ella él se asomó a su trasero y debemos decir que Federico era uno de estos hombres que cuando ve a una mujer que le gusta, él inmediatamente siente que lo mejor que le podría pasar a esa mujer es la experiencia de ser seducida por él. Y ese instinto y esa arrogancia era el resultado de haberse cansado de vivir sintiéndose inferior a los demás hasta resolver que él debía creerse el mejor sin importar que el mundo no pensara lo mismo. Era quijotezco, pero no por eso menos atractivo.

Todos los hombres que llegaban al local compartían el deseo de Federico, pero carecían de su talento y de su genio, eran evidentes, simples, obvios y no fracasaban por directos si no más bien por básicos. Pero Federico había dejado de experimentar celos hace muchos años, debido a que creía que las mujeres eran inferiores, en particular y los seres humanos, en general, a la imagen que tienen de sí mismos. Es decir, cada vez que experimentaba celos pensaba que era sólo una humana, que los seres humanos no somos capaces de estar al nivel de nuestros propios ideales, y que sólo los creamos para sentirnos bien con nosotros mismos. Como a todo joven, le seducía el nihilismo.

Su sentimiento ante las mujeres era fragmentado, por un lado sentía una naturaleza poética que lo invitaba a enamorarse y verlas como seres únicos y extraordinarios, y por otro lado, la experiencia y las estrategias sistemáticas que había desarrollado para entenderlas le hacían sentir que eran muy poco especiales, las veía cada vez más por lo que eran y cada vez menos por quienes eran. Sentía que lo real era lo que todas tenían en común, y que lo que tenían de especial no era otra cosa que espejismos de su imaginación. Estaba en una lucha interna entre el deseo de creer y la maldición de saber demasiado. Pero en esa hora a la semana en la que estaba con ella se llenaba de inspiración, de ganas, ignoraba las señales obvias de que ella no era ideal, o tal vez más que ignorarla sólo conseguían entusiasmarlo más, desearla más. Acercarse a ella lejos de volverla parte de su rutina convertían su rutina en parte de lo que él sentía por ella. Soñaba con ella mientras la escuchaba, deseaba tocarla mientras la miraba, y quería sentir que era su dueño mientras más visualizaba las imperfecciones de su desnudez.

lunes, 22 de junio de 2020

Federico y ella (I)

Qué se iba imaginar Federico que enamorarse por primera vez de la manera más tonta que alguien puede enamorarse sería la razón por la que nació esta historia. 

Ella no era hermosa, y nunca se dió cuenta del significado que para él tenía su existencia hasta ese momento exacto en donde la esperó por primera vez, pero ella no estaba. Si como lectores tuviésemos el poder de asediar a Federico y preguntarle por qué mientras estaba descargando un camión de botellas de agua que había llegado de sorpresa en esa madrugada húmeda de Junio, le dió por quitarse la camisa, y emocionarse ante la idea de que ella lo viese por primera vez sin su uniforme de trabajo, seguramente él se sentiría lleno de vergüenza y lo negaría con la ferocidad con la que negamos una verdad simple que nos hace sentir desnudos.

Todo empezó a dejar de ser normal y a empezar a ser esta historia en el momento en el que él vio en la hoja sucia pegada a la pared en dónde se encontrada el horario de trabajo, que a ella se le había asignado un día a la semana que nunca antes se le había asignado, y que significaría que la vería dos días esa semana en vez de uno. Y en ese instante, sin estar al tanto de ello, su cuerpo sentiría un éxtasis de tener el doble de ella, de su presencia sutil pero pesada, de su amabilidad que parecía parte de un mundo que para él había dejado de existir, y de esa belleza tan imperfecta que le hacía obsesionarse por ella sin saberlo.

Antes de verla por primera vez, él se la había imaginado como una mujer hermosa que causaba hechizo en los hombres debido a historias que escuchó. Pero al verla sintió sin saberlo una felicidad enorme debido a que era mucho menos hermosa que su leyenda. Tenía unos ojos extraños, por no decir asimétricos. Unos dientes imperfectos, como todos en su familia, que eran como una segunda familia para Federico, y además ese cuerpo de madre en el que lo que antes era apretado sin esfuerzo cobraba ahora la textura de una lasaña. Además de un cabello teñido de rojo con raíces que hacía meses debían haberse retocado aunque sin embargo eso no ayudaría de mucho debido a que el color no inspiraba naturalidad ni elegancia.

Pero ella tenía algo único, algo que no se descubría hasta conocer su historia, o la manera en que ella la cuenta, para ser más precisos. 

Sus encantos físicos empezaban con su pequeño tamaño, que daba ganas de cuidarla, con su mirada de niña que pretende ser feliz pero llora por las noches, y en general, un enorme deseo que crecía en contra de su voluntad por protegerla de hombres como él.

Ella era dulce con él, pero por más que él se esforzase en tratar de ver si había rastros de deseo en la ternura servicial de su tacto, él no lo encontraba. Parecía que era bella por naturaleza y no porque quisiera algo de él o con él, y eso le producía al joven Federico la tortura más bella de su vida. A veces Federico hacía intentos, como quien no quiere la cosa, esperando fallar pero con la satisfacción de descubrir la naturaleza de esa mujer con respecto a él. Se acercaba sin esperanzas y por eso sin temor a ser rechazado. Pero ella sólo parecía tener dulzura dentro de otra, y correspondía a sus juegos sin picardía, pero con una inocencia de niña que le hacía sentir a Federico que esa inocencia podría perderse para siempre al menos que él llegase a poseerla.

Cuando se había retrasado media hora, Federico se vio reflejado en la ventana, se miró directo a los ojos como si no fuera él o como si se odiara. Nunca se había sentido tan atractivo en su vida antes de ese periodo en el que empezaba a conseguir éxitos pequeños y aprobarse a sí mismo. Era un niño todavía y como todo niño estaba intentando cada día probarse como hombre, debido a que si un niño no lo hace lo único en lo que se puede convertir es en patético. Pero estaba ahí, y nunca se había sentido tan poco atractivo como cuando se vio sin el uniforme y se sintió feo, la ausencia de ella le había quitado en un instante toda la confianza que tenía de sí mismo. No como si jamás hubiese existido, sino peor, como si la hubiera apostado y luego perdido.

Fue entonces cuando él tomó la resolución de por primera vez en su vida no intentar ir detrás de una mujer que le genera deseo, y dejar que se quedara en aire todo lo que siente, por miedo a matarlo si lo toca. Ese fue el preciso instante en el que esta historia comenzó, porque fue en ese instante en el que Federico dejó de ser hombre por primera vez para empezar a ser literatura.