jueves, 14 de diciembre de 2017

Kike y mi defensa siciliana.

Él movió un caballo y por accidente tiró su reina al piso, y en ese entonces vi su rostro, sus largos dedos, sus frondosas cejas, y luego me miro con esos ojos que ven uno para el sur y el otro para el norte.

En ese momento ocurrió, ya no lo vi más a él, vi al niño que fue, que cargué en mis brazos, que me llenaba de su olor de bebé, y cuya saliva era la fragancia más tierna y relajante del mundo.

Luego con dos años, sin saber hablar, ya asomaba en su rostro las facciones de un perro muy malhumorado; yo robando tus postres, tú llorando por todo, como si te irritara la vida y el silencio.

Luego se metieron a robar a casa, y a madre le apuntaron con una pistola, y no había dinero, y luego te apuntaron a ti, y sentí tanto, tanto miedo, mi pequeño niño.

Cuando dormías me encantaba susurrarte promesas al oído, como tratando de himnotizarte:

"Cuando despiertes no vas a ser un niño tan lloron, y me vas a querer mucho y me vas a hacer sentir muy orgulloso de ti, a la cuenta de tres..."

Luego te caíste de la silla, y tu cabeza se llenó de sangre escandalosa, tan escandalosa como tú, y padre soltó el diario de su domingo imperecederamente rutinario, y madre gritaba enojada, y padre te sostuvo en sus fuertes brazos ahora ensangrentados, y tapaba tu herida con una servilleta, y tú sangrabas, sangrabas y llorabas sin cesar.

Él tenía miedo, terror y pánico, papá siempre fue cobarde, pero actuaba, era de esos cobardes que tenía que ser hombre cuando había que ser hombre, y lo admiro por eso, porque de nada sirve ser valiente siempre y acobardarte cuando toca el reto de tu vida.

No sabían que hacer, y yo paralizado, mirando, ellos me ignoraron por completo, y yo mirándote morir, sentía miedo.

Regresaron riendo, felices, que la cabeza es escandalosa, que no era nada grave, que qué miedo, que hay que tener cuidado, etc.

Pero te quedó una cicatriz para siempre en la parte trasera de tu cabeza, y a mí una identica en el rostro de mi corazón.

Desde entonces no quise hacer otra cosa que cuidarte, que protegerte, que defenderte, dedicar mi vida a ser el hermano que pudiera hacer todas las cosas que cuando necesitaste no pudo, porque no sabía, y en esta tierra uno debe saber algo para poder hacerlo.

Y lloro por primera vez en estas líneas todo lo que nunca había llorado, es como si me hubiese perdonado.

Y yo quería que fueras fuerte, era duro contigo, quería que nadie te hiciera daño, sentía que el mundo o por lo menos Venezuela era un lugar demasiado cruel para un ser tan hermoso como tú.

Y luego me di cuenta que se me pasaba la mano, empecé a vivir sin ti y quise sólo disfrutar el tiempo que tenía contigo.

Pero nos separamos, como separados por abismos que crecían con los años; tú en tu mundo de música, yo en el mío de palabras.

Y en el ajedrez de aquella noche navideña sin Venezuela, sin los seres que amamos, nos reencontramos; nos unimos de la única forma en la que dos hombres pueden, y es en la pasión que es más fuerte que la sangre y que la carne.

Ahora me ofreces un intercambio de damas, oh, hermano, yo no intercambio me reina por nada del mundo en la vida real, es mi tesoro más preciado, mucho menos la cambiaré en un tablero de ajedrez, ella está incluida en mis planes y la llevaré hasta el final.

Ahora interrumpes el juego, hablas incesantemente de Beethoven, como sueles hablar de todo lo que te apasiona, y me cuentas que tiene Asperger al igual que tú, y que aspiras ser un genio como él, y yo sé que será así, porque eres de esa extraordinaria raza de seres humanos que edifica sus sueños en disciplina y conocimientos, eres invencible, terco, testarudo. Eres mucho más listo de lo que era yo a tu edad, pero, te falta mucho por crecer y aprender, porque te acabo de dar un jaque-mate.

miércoles, 13 de diciembre de 2017

Poema a una mexicana

Cuando vi tus ojos supe que había encontrado el lugar en donde el águila se posaba en mi nopal, e hice de tu mirada mi bandera.

Mi amor por ti es más inmenso que México antes del tratado de la Alta California.

Conviertes mi pasado en valles y lagunas, y tu eres tan neceseria para mí, como la historia de México lo es para entender a la América latina.

Eres la Nueva España del corazón de este imperio, tu Veracruz me besa el Atlántico y con tu Acapulco me aprietas el Pacífico.

Y este San Luis de Potosí, con su corazón solito, y con esta Zacatecas descubro el oro de tu risa.

Desde el desierto de tu soledad encuentro mis caminos Mayas, cuando me miras con esa mirada Yucateca que se siente parte de nada que no sea sí misma.

No hay muro que evite que mi río de todos los contextos se llene de ti. Eres la primera revolución que toca mi siglo XX, y si me preguntan, diré que soy un leal soldado de Pancho Villa, y si estás en peligro, y si te quieren oprimir, sólo diré que Zapata volverá.

Llenaré tus muros de Diego Rivera y de Orozco, y piernas pa' qué las quiero, si tengo alas para volar.

Te llenaré el abdomen de ese inefable Juan Rulfo que enciende los llanos, Y con Carlos Fuentes beberemos la muerte de Artemio Cruz, para terminar perdidos en un laberinto de la soledad llena de Paz.

Toda la diversidad cabe bajo lo que significa ser mexicano, y palabra de macho, está tierra es mía, yo soy mexicano, nací despreciando la vida y la muerte.

Que mi amor te libre de la United Fruit Company, del canal de Panamá y de esas 13 colonias que llegaron para ser tus 13 plagas y que sólo tu poderosa cultura te salva de ellas. Pero no te me enchiles todavía con este picante poema, que hasta hay mariachis en Alemania.

Mejor pega tu cintura a mi bolero, rozame el Pedro Infante, apriétame el Jorge Negrete, y deja que te llene el aliento de mi Agustin Lara.

Ámame on la dignidad de Maria Félix y las lágrimas de Chavela Vargas.

Te miro, y todo lo que miro es de primera calidad, tus amores perros, la tía Alejandra de Arturo, y los olvidados que no olvidó Buñuel. Y si te quieren entender que llamen a los hijos de Sanchez.

2 de Octubre de 1968, nunca olvidaré, de todo y todos te defenderé.

Besáme con tu México profundo, bésame en lengua zapoteca. Lléname los campos del cuidado del maíz, y que no se nos rompa otro mexicano en los semáforos.

Adelita en el tren, Porfirio que no quiere terminar, pero ámame cómo sólo tú me amas, que para escribir este poema me tengo que comer tus enchiladas.

Yo te cielo, y de la nada me empieza a latir muy fuerte el corazón, y un susurro entre las sombras me dice que eres tú y que soy yo, porque los mexicanos nacemos donde nos da la chingada gana.

domingo, 10 de diciembre de 2017

Niñas tristes

Hoy visitamos a la madre de Alfredo y amiga de Mamá.
La tarde fue fría como en revancha al caluroso día que arrebató las energías.
La señora María nos recibió a verdor –¡tiene tantas plantas!– y con un café que sonaba a sonatina, pues tomé una cucharadita y dándole vueltas en el pocillo de cerámica, así sonaba, sonaba a sonatina el café con el azúcar, bailando y haciéndose un solo sabor y aroma –quiero que seas mi aroma y mi sabor– entonces la conversación se tornó mas seria pues hasta entonces tocabamos temas de importancia diaria y ánimo, pero ahora fue sobre la importancia de la niñez, es la señora María terapeuta y llena, y fue a impartir alivio a un preescolar y es que en el preescolar reinaba el odio, y entonces es que se comprende como el mundo se descarrila.
El hecho fue que era una tarde y todos niños y niñas de 4-5 años, se hacían juegos y sonidos, se promovía el afecto y los abrazos, pero una niña nada decía o abrazaba y aislada a un rincón del preescolar se quedaba sola, era rechazada a acuerdo general. La señora María lo nota y actúa, y todas las niñas deben abrazar a esa soledad bella –decía ella que la niña era de gran ternura– pero ninguna quería y una pronunció fuertemente “Yo no la abrazo, yo la o d i o” así que la señora María preguntó que ocurría y habló con la maestra y todos abrazaron a la niña que aún brotaba lágrimas por el rechazo de la niña que gritó todo su desprecio, y no comprendía, ella sólo sabía que no era querida. La maestra luego dijo que la niña solita era de recursos lamentables, y por eso la denigraban, causando así el daño que sólo la señora María pudo advertir. Y luego explicaba ella que todo vive y crece a partir de la niñez, que los niños abandonados pasaran factura en la adolescencia, así aislándose y cediendo a la tristeza, pensé entonces en mi propia niñez y en las razones que luego fomentaron mi soledad, pensé en nuestras conversaciones, en tus colores a mi vida, y en preescolar, incluso con tu llegada coloreaste mi preescolar.
Lo cierto es que ya me desvié mucho del tema pero quería contarte esto desde que llegué pues esa niña en el rincón y luego otra de un caso distinto donde los padres peleaban por ella, pues divorciados uno la jalaba y otro la arrebataba, ella era una niña tristísima y tan linda, pero nuevamente tan triste.
Pensaba en lo primordial de esos años, en la importancia de los profesores encargados de esos niños que comienzan y consideré ir a un preescolar para obserbar y ayudar pues en la mayoría de los casos –tristemente– sólo ven sin mirar y si alguien es dejado solo así queda sin averiguar o ayudar y entonces en la adolescencia todo lo demás y como agregado enseñan sin quererlo a los demás niños que luego está bien repetir el patrón y discriminar, hacer daño.
En fin, nuevamente lamento el desvío pero aún pensaba en ello.

-Jeca

sábado, 9 de diciembre de 2017

Retrato de la blancura

Amaneció nevando, y las cortinas casi no podían resistir el resplandor de tanta blancura. No pude más que salir a correr, mi barba se llenaba de nieve, y sentía cosquillas por todo lo blanco, y no había nadie para beber junto a mí mis hermosas sonrisas.

Las ramas de los árboles estaban llenas de blanco, como cenizas de un fuego que hubiese quemado todo el frío, la inmensidad y la soledad de la vida. La soledad no es oscura, es blanca, la oscuridad cálida es la verdadera forma de la compañía.

Todo era neblina, mis lentes no me acompañaban pero no necesitaba la totalidad de mis ojos para gozar del aire mojado y de los copos de nieve estrellándose, sin saberlo, contra mi rostro. Mi aliento era de humo blanco, y ese humo blanco olía a bebé.

Nunca antes había disfrutado tanto de una nevada, debido a que el frío me deprimía, me hacía sentir nostalgia hasta por lo que nunca he vivido, y la nieve me dolía tanto como la vida. Pero este año fue diferente, desde finales de otoño he empezado a correr a diario, y a ducharme cada día con agua muy fría, a acondicionar mi cuerpo, y es ahora en esta primera nevada que me doy cuenta de cuánto bien me ha hecho.

En Venezuela sólo conocí la nieve de niño, en una caricatura llamada Los Caballeros del Zoodiaco, me fascinaban, me hacían jugar que era un caballero, que sacrificaba mi vida por salvar la de mis amigos, que eran mis peluches, porque siempre fui un niño solitario y amargado. Me colocaba frente al aire acondicionado, jugaba que era nieve, y que moría congelado para que mis peluches rescataran a la princesa Atena. Siempre soñaba que moría por los otros, que mi vida cobraba sentido al dar la vida por alguien más, que la muerte haría que todos me amaran a pesar de que en vida nunca me dieron la admiración y reconocimiento que tanto anhelaba.

Luego fui a Mérida, y nunca imaginé que en esa tierra se hallaría la flor más hermosa, la de los andes, mi tierna y bienamada flor andina. Pero lo cierto es que en aquella ocasión, la nieve era dura, sólida, como hielo en un vaso de cerveza en mano de un Maracucho; fantaseaba que estaba en Grecia (para aquel momento confundía Grecias con Siberia), y los enormes cachetes de mi rostro estaban rojos, y ni muriéndome de frío iba a tomarme esa sopa.

Le hablé a mi padre ayer, es asombroso cómo alguien puede tener 5 años sin verte y cuando le marcas no puede hacer otra cosa que no sea criticarte, es un hábito crónico, que te hace recordar porqué te nacen tan pocos deseos de llamarle, lo cierto es que me cuestionó por mi peso, nunca he conocido a una sola mujer a la que le moleste mi peso, ni al estar delgado ni al estar más gordo, a todas les encanta como soy sin importar como esté, pero a mi padre todo le molesta, creo que va a morirse sin entender que yo no soy las expectativas que tiene él.

Pero salí a correr, y me sentí vivo, lo importante de hacer ejercicio es que puedes estar delgado o gordo, pero cada día en el que lo hagas, te vas a sentir bien, te vas a sentir hermoso, y los otros van a sentirte como te sientes, en tu voz, en tu mirada, en tu felicidad contagiosa.

Los copos de nieve caían suavemente, nunca he leído o escuchado palabras o recuerdos que caígan sobre la vida de forma tan hermosa como lo hicieron esos copos durante toda mi carrera, durante toda la mañana, durante el resto de mi vida, que empieza y termina ahora.

viernes, 8 de diciembre de 2017

El último adiós.

No tenemos control sobre la muerte, ya has vencido tres veces el cáncer, y ahora has recaído.

Mientras yo me hallo aquí, a paises de distancia, inclumpliendo otro día más tu sueño de alguna vez volver a verme.

Ya estás en una edad en donde te quejas de todo sin saber muy bien por qué te quejas, la última vez que te llamé hablamos de ti, de tu vida, de lo que te apasiona, y fuiste tan feliz, lo sentí en tu voz, y luego empezaste a quejarte de mí, de que tú estando mal y yo haciéndote hablar con mis preguntas y mi sed de tus historias. Pero hace tiempo que no me duelen tus puñales en la espalda, no es personal, simplemente te quejas casi por inercia de todo lo que pasa, como para hablar, como para necesitar que te escuchen, aunque tengas que hacerte escuchar con quejas que son innecesarias.

Tu recaída tiene mucho de tu estado de ánimo, una vez que tu nieta se fue del país, te sentiste mal, y te sentiste mal como sólo los viejos se pueden sentir: lastimándose con todo, hasta con lo que no tiene que ver con ellos, una tristeza que es un miedo a sentirse solos y a la muerte, un resentimiento de un ser que en el final de su vida es cada vez más niño, más irracional, más no te vayas que sin ti me muero. Y te estás muriendo.

Esa nieta tuya, que nació anticipadamente y fue todo un milagro su existencia, la hija de tu hija, la hija de tu única hija, aquella cuya pereza incomparable motivada por tu necesidad de darle todo lo que no tuviste por huerfana, esa hija que nunca terminó una carrera porque todo le aburría, que engordó a niveles alarmantes y cuya obesidad fue su principal caracteristica durante toda su vida. Esa hija que aprendió a mentir y a robar, y que te juró, dos años después del nacimiento milagroso de tu nieta, que te juró por sus ojos y su vida que ella no te había robado nada, y se puso de rodillas llorando, y dijo que la culpable había sido mi madre, pero ya mi madre y tú la habían desenmascarado antes de afrontarla, y cuando lo supo, como todo narcisista, no siento culpa, sino vergüenza, y luego seguiría contando incondicionalmente contigo, sabiendo mejor que nadie cómo manipularte.

Apenas se fue tu nieta para ese país que queda en la mitad del mundo, en donde los venezolanos son plagas y el rechazo es la ley que nos ampara, caíste en depresión, y recaíste.

Quedará tanto de ti en mí, tantas historias que debo escribir, todas tus pinturas, tus lecciones, la risa fuerte que tienes, mi sangre colombiana, esa risa hermosa, tú tocando el piano y el cuatro y eso que lo aprendiste ya siendo adulta mayor, tu voz cuando cantas el coro que es más gruesa que la de todos los hombres, y tantas, tantas historias que debo escribir sobre ti, porque nací para escribir y nací de tu sangre para que tú estuvieses escrita en mi literatura.

Probablemente seas la primera persona importante para mí que se muere, pero ya perdí un país, ya perdí el pasado, ahora todo lo que queda es perder y perder, y tener nuevas cosas, y escribir, y darte un breve espacio de inmortalidad, en esto que es mi literatura.

No me arrepiento de que debas irte, es el curso que deben tener las cosas, me siento agradecido de haberte conocido. Me duele quedarme sin tus historias, pero te prometo que voy a escribir todas las que me contaste, porque nunca permitiría que alguien que he amado se vaya de mi vida, así, como si no hubiese pasado.

miércoles, 6 de diciembre de 2017

Fer Amaya (O una lágrima cayó en la palma de mi mano)

Mujer del otoño inolvidable
tu mirada vino sin ser invitada
y llenó mi corazón de tu amarillo
de canarío perdido, y del rojo
que arde en tus sueños.

Ahora tus pestañas caen
como hojas por doquier
y tus lágrimas no tienen
de dónde aferrarse
antes de caer.

Mujer del otoño inolvidable,
cuánto calor siento en el cuerpo
calor que me quema
como si fuera ceniza
esperando el soplo implacable
de este invierno que se acerca.

Fuiste una hoja que cayó
tan parecida a todas
y la vez
tan distinta
no podría describir en palabras
la forma en la que caíste
sobre el verde de mi corazón.

Las caídas,
desde que te conocí
antes de conocerte
-en ese sueño-
no hacías más que caer
y es que las hojas que caen
son como el amor:
eterno mientras dura.

Digo eternidad,
y deseo que dure para siempre este poema
este instante
este tú
que soy ahora
que soy contigo

pero mi padre siempre decía,
no tenemos lo que merecemos
sino lo que se negociamos
¿es está la hora de la venganza que cae?
porque te amo.

¿En dónde andarás?
¿Sobre qué estarás dudando?
¿Qué harás allá sin mí para sembrarte de certezas cada duda?
Te me adelantas,
te nos adelantas a ella y a mí,
te adelantas cayendo tan rápido
nunca vi a una estrella fugaz
pasar tan rápido como lo haces ante mí
ni siquiera aquella estrella fugaz
-aquella, tu única estrella-
en la que me pediste
la que me hizo llegar
la que nos hizo nacer.

Sufres, ya no por ti, ya no por los dos juntos, sino por mí.

Pero, mi nena, mi siempre nena,
si yo he de quedarme más tiempo que tú,
no es porque lo quiera,
es porque aún faltan cosas que escribir.

Y hablaré de ti,
y te cantaré,
y te amaré,
y nunca reprimiré
ni el más pequeño de tus recuerdos
que se cuele por mi pensamiento.

Eso te lo juro y lo prometo.

Y si al leer este poema
me preguntan por ti,
diré que eres una mujer bonita
con una enfermedad muy fea,
ah, no, no, mejor seré inefable
como todo lo que en mí tocas
y diré,
y diré,
diré simplemente,
que eres hermosa
y que podría dar toda una conferencia,
acerca de ti.

sábado, 2 de diciembre de 2017

Esa mirada

José Luis era un muchacho delgado, de esos que parecen tener huesos que comen, que comen y se alimentan de sus músculos y su piel, era, en una palabra, espantosamente feo. Sin embargo, lo admiraba, no podía dejar de mirarlo, y mis ojos no se despegaban de él. Él percibía mi mirada, y se incomodaba, nadie se daba cuenta de que lo estaba mirando, sólo él, y yo no tenía idea de cómo lo hacía debido a que en ningún momento miraba hacia mí.

Simplemente decía en un tono muy alto, como para avergonzarme, sin mirarme: "Ah, no, pues, si quieres te doy una foto... o un almanaque ¿qué prefieres?", y todos se le quedaban mirando como si estuviese loco, con rostros de curiosidad, se preguntaban por qué carajos en medio de una actividad cualquiera, este muchacho daba esos alaridos, que no eran ni conversación ni gritos.

Yo me quedaba callado, nada le decía, pretendía que no era conmigo, y él le respondía a sus amigos en el mismo tono, ese tono que era para humillarme a mí, pero sin mirarme, "No sé, que se me quedan viendo, como que están enamora'os míos".

En aquel entonces yo apenas tenía de 10 a 12 años, Jose Luis tenía 17, y lo que me producía tanta admiración en él era su capacidad de resaltar siempre, era muy rebelde, muy alzado, muy valiente y arrogante. Tenía unos ojos inmensos, un cabello rizado que no se enredaba demasiado, y una escalofriante nariz que contrarrestaba con su extrema delgada contextura.

Su apodo era Jonkiro, y nunca entendí qué significaba ese apodo, sólo que era tan estrafalario como él mismo. Siempre estaba llamando la atención, metiéndose en problemas, saliéndose con la suya, y desafiando a los demás, no respetaba a los mayores, le faltaba el respeto a todo tipo de autoridad, y nos proyectaba una sensación de ser invencible.

Siempre nos miraba con superioridad, como si no fuésemos nada, como si sólo pudiésemos empezar a tener existencia si él nos miraba, era de esas personas para quienes todos a su alrededor son inferiores a él y no te hace sentir ninguna otra cosa que no fuese esa inherente inferioridad.

Además de ser espantoso por naturaleza, se vestía siempre con ropas escandalosas, rozando en la homosexualidad alegre, pero siempre con un porte de delincuente, era como si te estuviese retando a que lo llamaras ridículo para hacerte pedazos.

Él se terminó empatando con Stefanny, la niña de la que yo estaba enamorado en mi primer y único año en el líceo Miguel José Sanz, de la urbanización Girardot; y no sé cómo sería esa relación, pero basado en mis años de experiencia entendiendo el comportamiento de los seres humanos y su desenvolvimiento en la vida de pareja, no me cuesta demasiado imaginarlo como alguien manipulador y narcisista.

Stefanny le tuvo un hijo, tan horroroso como el padre, es una pena, porque ella es bien bonita, pero el hijo salió todito al padre. El otro día la vi en un centro comercial, está pasando por una de esas étapas típicas de las mujeres que cayeron a muy temprana edad en las garras de un hombre que las maltrató y les hizo creer -o ellas se hicieron creer a sí mismas- que nunca estarían con otro que no fuese el primero, aunque fuese un bueno para nada y controlador. Es esa étapa en la que las mujeres tienen un renacer, se dan cuenta que son jóvenes, que tienen un hijo pero siguen siendo hermosas, y tienen un futuro por delante -dentro de lo que cabe en Venezuela y su dictadura- y todavía no es demasiado tarde para ellas, o por lo menos por fuera, en la forma en la que se visten y se arreglan, aunque por dentro siguen rotas, porque las mujeres tienen ese hábito de creer que repararse por fuera las va a reparar por dentro, pero es al revés la cosa, y casi nunca se enteran.

Al fin de cuentas, yo no sé si las cosas pasaron así como yo las imagino, con ella perdí el contacto mucho antes de que fuese novia de Jonkiro, y con Jonkiro nunca en mi vida he intercambiado una sola palabra, ni por accidente; lo cierto es que esta historia me vino a la mente, porque hoy en un torneo de ajedrez, me di cuenta de la forma en la que era visto, con tanta admiración por los pequeños niños y niñas, los adolescentes sentían curiosidad por saber todo de mí, parecían mujeres cuando están impacientes por que las lleves a la cama: con una curiosidad casi sólo comparable con la que hay entre un hijo y un padre. Los mayores me daban consejos y se deleitaban con la madurez, "en especial en estos tiempos", etc. Y las madres de los niños más pequeños me sonreían con esa sonrisa que es demasiado directa para ser de atracción, esa sonrisa que sólo ocurre cuando una mujer ha sido madre, y entiende que luego de ser madre, el mundo se divide entre lo que le conviene o perjudica a tu hijo. Esa sonrisa de admiración, de que muchacho tan guapo y hermoso y grandote y que dios te cuide. Las chicas que estaban en esa edad en donde el cuerpo les cambia demasiado y repentinamente, me ignoraban de forma deliberada, tan obvia que era claro que intentaban evadir hasta el más mínimo contacto, de ese muchacho cuya sola presencia las intimida. Y las niñas más pequeñas, me invitaban a jugar ajedrez como si yo fuese su padre y me pidieran permiso para sentarse en mi regazo. Y esas miradas eran hermosas, eran naturales, eran una invitación a formar parte de algo, del ejemplo, de la educación de esos niños que serán yo, y a la vez esos niños que fui. Y luego no pude sino recordar a José Luis el Jonkiro, y preguntarme por qué le incomodaba tanto mi mirada.